Exdirector recuerda los años de grandes cambios en el colegio
Del rigor alemán a la vitalidad cruceña: la historia de Karl Ludwig Reinders, quien entendió que educar también es adaptarse
A sus 50 años, con una carrera consolidada en el sistema educativo alemán y experiencia en el Ministerio de Educación, Karl Ludwig Reinders tomó una decisión poco común: dejar Europa y asumir la dirección del Colegio Alemán en Santa Cruz de la Sierra sin conocer el idioma ni el contexto local. No tenía certezas, pero tampoco dudas. Había recorrido el mundo y entendía que los verdaderos desafíos estaban fuera de la zona de confort.
Su llegada, en el año 2000, coincidió con un periodo de transformaciones profundas. No solo en Bolivia —marcada por cambios políticos como la llegada de Evo Morales al poder y una intensa migración interna desde el altiplano hacia Santa Cruz—, sino también dentro de la propia institución educativa. “Fueron ocho años de ruptura entre la ‘vieja buena escuela’ y la modernidad”, recuerda. Durante su gestión, el colegio fue reconstruido en el mismo predio, se introdujo el Bachillerato Internacional (IB) y se incorporaron herramientas que hoy parecen básicas, como el correo electrónico y el uso sistemático de computadoras.
Pero más allá de la infraestructura o la tecnología, el mayor reto fue cultural. Reinders llegó con la idea de replicar un modelo alemán en tierras bolivianas. Sin embargo, con el paso del tiempo comprendió que ese enfoque era insuficiente. “Uno quiere construir una escuela alemana en Santa Cruz, pero aprende que solo puede ser un proyecto germano-cruceño”, afirma. Esa adaptación implicó reconocer diferencias profundas en la forma de entender la educación.
En Europa, explica, la escuela se centra más en la estructura y los resultados. En Santa Cruz, en cambio, el componente humano tiene un peso decisivo. “Después de la familia, la escuela es el lugar donde uno pertenece. Esa conexión emocional es mucho más fuerte que en Alemania”, sostiene. Esa característica convirtió al colegio en algo más que una institución académica: una comunidad.
Esa vida comunitaria no estaba exenta de dificultades. Las condiciones materiales del antiguo edificio reflejaban las limitaciones de la época. Cuando llovía intensamente —algo frecuente—, las aulas se inundaban y las clases debían suspenderse. En una ocasión, la temperatura descendió a 9 grados y fue necesario declarar jornada libre por el frío, en una ciudad sin infraestructura preparada para ello. “No había aire acondicionado ni protocolos para el calor o el frío. Era otra realidad”, recuerda.
A esto se sumaban presiones externas poco habituales en el contexto europeo. La escuela podía ser cuestionada incluso por la conducta de los estudiantes fuera del horario escolar, bajo la idea de que debía garantizar su formación moral. Reinders cuestiona esa expectativa: “Siempre habrá errores humanos que ninguna institución puede controlar”.
En el plano pedagógico, su enfoque fue claro: equilibrar disciplina y creatividad, autoridad y autonomía, razón y emoción. Más que imponer valores abstractos, buscó transformar las rutinas de enseñanza para mejorar el aprendizaje real. Su meta era formar estudiantes curiosos, abiertos al mundo, capaces de pensar más allá de su entorno inmediato.
Al mirar atrás, describe su paso por Santa Cruz como una etapa intensa y profundamente humana. “Éramos una gran familia”, resume. Hoy, desde la distancia, observa con satisfacción el crecimiento del colegio, al que considera uno de los más destacados dentro de la red de escuelas alemanas en el extranjero.
Su historia no es solo la de un director extranjero en Bolivia. Es la de alguien que entendió que educar no consiste en trasladar modelos, sino en construir puentes entre culturas.
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