Mi viaje, mi aprendizaje: dos semanas que cambiaron mi forma de ver la vida



Entre el mar, la familia y el silencio, descubrí una nueva manera de estar presente


Por Danna Real Tarabillo, Reportera escolar


Viajé a Tenerife, en España, con la idea de pasar unas vacaciones familiares sin muchas sorpresas, pero desde el primer día supe que este viaje sería diferente. Llegué con expectativas simples: descansar, visitar a mis abuelos y desconectarme un poco de la rutina. Sin embargo, lo que encontré fue mucho más que un destino turístico; fue un espacio para reconectar con lo esencial.

Durante aproximadamente dos semanas, mi vida giró en torno a la tranquilidad. Pasaba largas horas en casa con mis abuelos, conversando sin prisa, compartiendo comidas y recordando historias. También salíamos a caminar por los alrededores, visitábamos la playa y explorábamos distintos rincones de la isla. Cada día tenía un ritmo pausado, casi terapéutico.

Antes de viajar, tenía una imagen bastante limitada de Tenerife. Pensaba que sería solo calor, sol intenso y playas llenas de turistas. Pero esa idea se rompió rápidamente. Descubrí que la isla tiene múltiples caras: zonas ventosas, paisajes volcánicos que parecen de otro planeta y lugares sorprendentemente fríos, como el Teide.

Esa diversidad me hizo ver que no todo es lo que parece a primera vista. Tenerife no era solo un destino turístico, era un lugar lleno de contrastes. Esta experiencia me enseñó a no quedarme con estereotipos y a estar más abierto a descubrir lo inesperado en cada lugar.

Uno de los aprendizajes más importantes del viaje fue disfrutar el tiempo en familia. En un mundo donde el celular ocupa tanto espacio, logré dejarlo de lado y conectar realmente con quienes tenía al lado. También me adapté a un ritmo de vida más tranquilo, algo que rara vez experimento en mi día a día.

Mi abuelo fue, sin duda, una de las figuras más importantes de este viaje. A través de nuestras conversaciones, conocí cómo era la vida antes, sus experiencias y su forma de ver el mundo. Escucharlo me hizo reflexionar sobre los cambios del tiempo y valorar más lo que tengo en el presente.

No todo fue perfecto. Hubo un momento incómodo en el que me perdí en una zona turística por no prestar atención. Sentí nervios e inseguridad, pero finalmente logré orientarme preguntando a alguien. Fue una lección simple pero importante: estar atento y no confiarse demasiado.

Si tuviera que quedarme con un recuerdo de este viaje, elegiría el sonido del mar. Ese sonido resume todo: la calma, los momentos compartidos con mis abuelos y la sensación de estar lejos del ruido cotidiano. Es, sin duda, mi souvenir mental más valioso.

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