Viaje al corazón de Argentina
Por Maya Sofía Soria Gutiérrez
Cuando mi madre anunció que iríamos a Buenos Aires, Argentina, todos sabíamos la causa. Mi abuela había tenido un bajón de salud y quería que toda la familia estuviese junto a ella. En lo personal, confieso que no tenía muchas expectativas del viaje.
Afortunadamente, mi abuela se recuperó rápidamente, pero, ya que estábamos ahí, ¿por qué no quedarse dos meses más? Me parece que es el tiempo perfecto para accidentalmente enamorarse de una ciudad, aunque no viviera ahí. Buenos Aires es de esos lugares que pueden convertir un simple paseo en un recorrido mágico, lleno de risas, comida, alegría y recuerdos que guardarás con cariño y algo de nostalgia.
Como no alquilamos auto, acabamos caminando mucho y, normalmente, soy bastante quejona en lo que respecta a hacer cualquier tipo de ejercicio, pero terminé apreciando la larga caminata diaria sin rumbo. Siempre terminábamos en un lugar distinto, a veces a propósito, otras veces gracias al destino.
Así, acabamos conociendo el Ateneo Splendid, la librería (ex teatro) más grande en la que he puesto pie. ¡Tenía como tres pisos gigantescos repletos de libros! Pero esa no fue la única librería que visité ahí. Podías encontrar una librería casi en cada cuadra. No hace falta decir que me terminé llevando sagas enteras.
También visitamos numerosos restaurantes, donde probé las mejores milanesas de mi vida, aunque mis padres insisten en que solo digo eso porque no probé las de Italia. Tengo miles de momentos inolvidables, como cuando Argentina ganó el mundial y las calles se llenaron de una multitud de gente uniformada con la camiseta del diez. O cuando fuimos a Caminito, un precioso paseo lleno hasta el tope de todos los colores que puedes imaginar, especialmente los más brillantes. O cómo olvidar los domingos en la feria de San Telmo, una gigantesca feria de antigüedades y mil cosas más.
Argentina está tan llena de maravillas que, si me pusiera a nombrarlas todas, estaríamos aquí días. Pero el recuerdo que guardo con más cariño no es una atracción turística, sino un paseo a un pequeño parque público.
Pero no era cualquier parque. Este había sido estratégicamente colocado entre dos grandes edificios grises de apariencia aburrida, de tal manera que el parque se viera como una mancha de color que un pintor dejó caer en un lienzo blanco. Era precioso y nunca estaba vacío. Siempre había niños corriendo, gente leyendo, hablando, merendando o simplemente sentada.
Aun así, el parque no era sobrecogedor; al contrario, transmitía cierta relajación, una sensación de control absoluto. Había ido muchas veces, pero esa vez en específico sentí que era un espacio donde todos los sentimientos estaban permitidos.
Tengo la teoría de que el mundo es como un escenario: solo muestras la versión pulida y practicada de ti mismo, y reduces en lo posible todo —sentimientos, pensamientos, sensaciones—; todo pasa a segundo plano. En cambio, en ese parque nadie parecía querer ser serio e importante. Querían pasar un buen rato, despejar la mente, salir un segundo de su vida ajetreada.
En ese sentido, este lugar sería el oasis al que muchos acuden cuando la vida cotidiana se vuelve demasiado. Y eso me parecía —y me sigue pareciendo— fascinante.
Y ese, para mí, fue lo mejor del viaje.
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