Alcibíades: el hombre que podía convencer a cualquiera
Inteligente, seductor y extraordinariamente adaptable, el célebre ateniense convirtió su capacidad para conquistar a los demás en una fuente de poder, aunque su ambición terminó convirtiendo su vida en una tragedia.
Por Sofía Parejas
Si Alcibíades hubiera vivido en nuestra época, probablemente habría sido esa persona de la que todos hablan, aunque algunos la odien. Y lo peor es que seguramente a él le habría encantado. Fue político, militar, aristócrata, seductor, manipulador y, según las fuentes antiguas, increíblemente hermoso. Básicamente, tenía casi todas las cualidades necesarias para convertirse en alguien famoso y también casi todas las necesarias para convertirse en un completo desastre.
Alcibíades nació en Atenas alrededor del año 450 a. C., en una familia muy rica y poderosa. Cuando murió su padre, quedó bajo la protección de Pericles, por lo que creció rodeado de poder. Desde joven llamó muchísimo la atención por su inteligencia, su encanto y, sobre todo, su belleza. Plutarco dice que fue hermoso durante toda su vida y que hasta su forma de hablar, marcada por un pequeño ceceo, resultaba encantadora.
Pero probablemente su mayor talento no era su rostro, sino su capacidad para convertirse exactamente en lo que los demás querían ver. En Esparta podía vivir de manera sencilla, entrenar y mostrarse serio. En Jonia se volvía lujoso y fiestero; en Tracia, un gran bebedor; y, cuando estuvo junto al persa Tisafernes, llegó a imitar el lujo de los propios persas. Plutarco comparó esta extraordinaria capacidad de adaptación con la de un camaleón.
Y esto es lo que hace que Alcibíades sea tan interesante: no parecía limitarse a mentir, sino que estudiaba a las personas y se transformaba para conseguir lo que quería. Sabía cómo agradar, cómo llamar la atención y cómo lograr que la gente hablara de él. Un ejemplo perfecto es la famosa historia de su perro. Tenía un animal enorme y hermoso que le había costado una fortuna, pero mandó cortarle la cola, precisamente la parte más bonita. Cuando sus amigos le dijeron que toda Atenas estaba hablando de él, se rio y explicó que eso era exactamente lo que quería: prefería que hablaran del perro antes que de cosas peores sobre él.
Era narcisista hasta niveles casi ridículos, pero también muy inteligente. Su relación con Sócrates lo demuestra. Sócrates estaba fascinado por él y trataba de ayudarlo a convertirse en una mejor persona, mientras Alcibíades admiraba y respetaba al filósofo, aunque constantemente volvía a dejarse llevar por sus propios deseos.
Su vida amorosa tampoco fue precisamente tranquila. Estuvo casado con Hipáreta, hija de una de las familias más ricas de Atenas, pero ella terminó intentando divorciarse debido a sus relaciones con otras mujeres. Incluso existen relatos según los cuales, cuando ella acudió a solicitar el divorcio, Alcibíades la tomó y la llevó de vuelta a casa. También se le atribuye una relación con Timaea, esposa del rey espartano Agis II.
Políticamente, fue igual de impredecible. Sirvió a Atenas, después buscó refugio entre sus enemigos y más tarde volvió a colaborar con los atenienses. Su inteligencia militar podía ser impresionante, pero su ambición y su ego también podían destruir todo a su alrededor. Terminó asesinado en el 404 a. C., después de una vida en la que consiguió algo bastante difícil: ser admirado, odiado, deseado y temido prácticamente al mismo tiempo.
Y quizás esa sea la parte más increíble de Alcibíades. No era simplemente un buen político ni simplemente un hombre horrible. Era las dos cosas a la vez. Era inteligente, encantador y capaz de adaptarse a casi cualquier persona, pero también arrogante, manipulador y obsesionado consigo mismo. Alcibíades entendió algo que muchas personas tardan muchísimo tiempo en aprender: si consigues controlar lo que los demás piensan de ti, tienes muchísimo poder. El problema es que él quería controlarlo absolutamente todo.
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